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Luna Miguel y la importancia de las escritoras libres

Si hay algo que te remueve por dentro de El coloquio de las perras de Luna Miguel es el darte cuenta, capítulo tras capítulo, de como la sociedad ha machacado sin piedad a las escritoras que durante siglos han intentado hacerse oír en el mundo de la literatura. El escritor macho ha comandado las líneas desde lo más alto, desde el canon, y los lectores hemos avanzado hacia donde decían con los ojos vendados. En la última parte de la entrevista, Luna nos habla de las escritoras malditas, de la manía de poner etiquetas y de la manera en la que se juzgan las acciones de estas mujeres antes que sus obras. 

Aquí tenéis nuestros últimos ladridos, pero solamente los de aquella mañana. A partir de aquí, las perras seguiremos ladrando, gruñendo y defendiéndonos con uñas y dientes. 

 

 

M: En el libro también hablas de las escritoras malditas y también de cómo su vida y sobretodo, su muerte, influye más a la hora de hablar sobre ellas que su propia obra. De hecho, el nombre de un subcapítulo se llama “Pero no las leemos”. Antonio Machado, Alberti,... Tuvieron vidas muy complicadas pero eso no impide que hablemos de sus obras. En cambio, a Plath se la recuerda como la escritora suicida. 

 

L: Claro, las reducimos a etiquetas y tendemos a hacer relación. Hay muchísimos hombres que se han suicidado pero no les llamamos escritores suicidas. Por ejemplo, siempre pienso en el francés Édouard Levé, que escribió una novela suicidio. Terminó el manuscrito y se suicidó. En cambio, Sylvia Plath sigue siendo la poeta suicida. En muchos artículos se habla de ella y se la relaciona con Anne Sexton y con Alejandra Pizarnik y las convierten en mito porque se suicidaron. No hay manera de separarlas de esas circunstancias. Y no hace falta que sean suicidas. Mira a Elena Garro, la mujer de, la loca… Siempre hay una manera de etiquetarlas. La biografía de Clarice Lispector empieza hablando de su belleza. A partir de allí la biografía es mucho más interesante pero empieza hablando de que los hombres se quieren suicidar porque no les correspondía. Una de las grandes escritoras de la literatura en latinoamérica queda reducida a eso. ¿Cómo se puede ser tan bella y tan buena escritora? Pero todo esto sigue pasando, seguimos encontrando todas estas etiquetas e incluso en nosotras mismas. Yo sigo pensando en Emily Dickinson encerrada en su casa escribiendo. Una de las cosas que me apena del Coloquio de las Perras, del mío, es que a pesar de intentarlo me he centrado en sus vidas y no en sus obras, por mucho que ahora crea necesario hablar de ello para entender qué ha pasado y por qué hemos llegado hasta aquí para poder recuperarlas. 

 

M: Me gustó mucho cuando hablabas de Pizarnik en el libro. Lo que intuyes a través de su obra es que era una mujer triste y solitaria y que todo aquello la llevó, al final, al suicidio. En cambio, lo que no se dice de ella es que su verdadera obsesión era que su obra fuera lo más perfecta posible. 

 

L: Y creo que parte de su tristeza venía de eso, de no poder alcanzar la perfección. Muchos escritores tienen esa obsesión. No se la recuerda por eso, pero entiendo la frustración que sentía Pizarnik y que era, al final, parte de lo que la llevaba a sentirse como se sentía. 

 

M: Y si seguimos hablando de eso, en un capítulo hablas de la teoría de que el buen escritor tiene que ser andrógino y de que Aurora Bernárdez escribía sin pensar que alguien la leería, como hacía Jane Austen. ¿Qué opinas de eso?

 

L: Yo no creo que el buen escritor tenga que ser andrógino, no estoy del todo de acuerdo. Me parece que quizás, cuando se dijo, era una manera de salir del paso y conseguir ese respeto a la obra de una. A principios del siglo XX esa fórmula funciona, pero ahora me parece que la identidad tiene que verse reflejada. Si el escritor es afrodescendiente y no quiere que su escritora sea blanca… ¿Qué consideramos andrógino? Una escritura más parecida a una escritura de hombre que a una de mujer. Lo que yo opino es que lo importante es que un escritor sea libre escribiendo lo que sea que quiera escribir. 

 

M: De hecho, gracias a la libertad y a ser representada en tu propia obra, tenemos el poema de “Me gritaron negra” de Victoria Santa Cruz con el que incluso niñas pequeñas se han sentido identificadas y se lo han aprendido de memoria. Eso lo explicas también en el libro. 

 

L: Claro, este poema es brutal. Vive más allá de ella, que para una escritora es lo más grande que te puede pasar. Este poema forma parte de la lucha antiracista en general y de la cultura y forma parte de la vida de muchísima gente. Y en cuanto a Bernárdez, el resumen es ese. Creo más en que el escritor tenga unas condiciones no sólo materiales, también sociales que le permitan escribir en total libertad. De la libertad es de donde nacen las mejores ideas y las mejores palabras. Ellas se dan cuenta de que son libres aunque no lo sean en sus vidas. Bernárdez quiere ser libre estando a la sombra y así no tendrá problemas y no considerándose a si misma escritora es como podrá ser escritora. Me parece muy interesante reflexionar sobre eso. 

 

M: Y entonces podemos hablar de los privilegios de los escritores de los cuales también hablas. Hay escritoras que fueron más privilegiadas que otras, como Rosario Ferré que en lugar de estar en el exilio en México estuvo en París. ¡Y se la culpa por eso! Cuando, por ejemplo, nadie habla de que Lorca pertenecía a una de las familias más ricas y respetables de Granada. ¿Por qué a Rosario se la culpaba por tener esos privilegios y usarlos?

 

L: volvemos al tema de la hipermasculinización de la sociedad. La gente intuye el pedir una disculpa, la generosidad, como una forma de castigo. En lugar de utilizar tus privilegios para ayudar a alguien. Es el “¿por qué no debo sentirme orgulloso de ser blanco?”, “no todos los hombres son violadores”. No se trata de eso, simplemente se trata de admitir, de ser consciente que hay gente que no tiene los mismos privilegios que tú o las mismas facilidades. A estas escritoras se les castigaba la generosidad, el trabajo… Y casi la traición. Era como sentirte mal porque tu amigo es más vegetariano que tú, poniendo una comparación absurda. Quizás porque tenemos la idea de que el escritor sólo pueda aspirar al nobel y a tener su libro forrado en cuero. Que alguien ocupe un espacio para usarlo como altavoz para ayudar a otras personas nos causa cierto asco. A ellas les pasaba esto, pero ser egoístas también iba a ser castigado. ¿Qué nos queda cuando todo lo que hacemos va a ser castigado? Pues pasar de todo y seguir escribiendo, que es lo que ellas hicieron. 

 

M: ¿Qué te removió más por dentro a la hora de investigar la vida de las escritoras?

 

L: Probablemente el caso de Agustina sea uno de los más emotivos, también por este final suyo. La wikipedia, nuestro máximo referente a día de hoy, dice que a lo mejor ella sigue viva con 128 años. Fue un capítulo muy tierno de escribir. Pero creo que lo que más me emocionó de todo el libro fue la conversación con Álvarez, la escritora de Puerto Rico. Me encantó hablar con ella y que explicara que en la universidad, cuando intentas investigar sobre mujeres te cortan diciéndote que ya se ha escrito mucho sobre ellas. La historia del profesor que decía que ya se había dicho suficiente sobre Rosario Ferré cuando hay trabajos sobre Borges, Cervantes… A punta pala. Esa historia me pareció que era la tesis al final del libro. Alguien tan joven y tan inteligente… Lo que ella habla sobre Ferré podría aplicarse a la historia de cualquiera de las mujeres del libro. Las mujeres que luchan por resucitar la memoria de otras mujeres son castigadas. Por eso quise que la entrevista estuviera dentro del libro a pesar de no querer poner entrevistas inicialmente. Era necesario hablar con la editora de Agustina, por ejemplo, el sobrino de Alcira, con estudiantes de literatura, ¿qué papel tienen las estudiantes de literatura, las lectoras? Una persona más joven que yo ya notaba ese peso de todo lo que yo estaba estudiando sobre mujeres que nacieron y murieron antes que yo… Esa misma desesperación ya se había filtrado en mujeres más jóvenes que yo. ¿Cuántas generaciones más tendrán que pasar? ¿Habré muerto yo cuando haya escritoras y lectoras que hayan dejado de sentir esa angustia? Me removió. Saber que ya llega tarde El coloquio de las perras. 

 

M: ¿Crees que estarían contentas con el mundo que les estamos dejando?

 

L: Cada una es un mundo y a lo mejor detestarían lo que he dicho sobre ellas. Sobretodo, a Pizarnik le habría parecido horroroso. Pizarnik, e incluso Plath eran lo que hoy en día consideraríamos escritoras jóvenes, y creo que no asumimos, al verlas en blanco en negro que eran muy jóvenes y todo lo que consiguieron hacer en esa vida tan corta. No sé si estarían contentas con este libro pero tal vez sí lo estarían al saber que cada vez hay más gente interesada en saber más de todo esto.

 

Luna Miguel y Maria Fernández Beltran

 

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