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Luna Miguel y el escritor macho misógino y antipatriótico

El Coloquio de las Perras nos habla del boom latinoamericano, el cual fue sin lugar a dudas machista. Ahora, en esta ola de feminismo que estamos viviendo y que inunda todos los campos de nuestras vidas, podemos ver como salen a flote historias que habían estado enterradas durante demasiado tiempo. Luna ha cavado en la tierra con sus propias manos, ha olido el tesoro y ha ladrado bien alto para que las demás perras acudiéramos en manada. En su ensayo podemos leer las historias de Elena Garro, Marvel Moreno, Alejandra Pizarnik, Eunice Odio,... Y no tengáis miedo si durante la lectura notáis que se os encoge el corazón, porque eso solo significa dos cosas. La primera, que Luna está haciendo bien su trabajo, y la segunda, que tenéis lo que hay que tener para uniros a la lucha contra el olvido impuesto por el escritor macho: sensibilidad. 

Pude hablar con ella sobre todas esas cosas que están, no tan escondidas, en su Coloquio de las Perras (nombre prestado por Rosario Ferré, de la cual evidentemente también nos habla en su libro). Era tanto lo que se tenía que tratar que me he visto obligada a dividir en dos partes todas las injusticias sobre las que tuve el honor de reflexionar junto a Luna Miguel son las que le susurraban al oído que algo andaba mal y que solo había una cosa que ella debía hacer, utilizando su mejor arma: ponerse a escribir. 

 

 

Maria: Quería preguntarte, primero, por la estructura del libro. Me ha llamado la atención que, después de cada capítulo, añadieras una carta dirigida a la autora de la cual trataba el capítulo. ¿Por qué decidiste añadir este detalle?

 

Luna: Pues mira, básicamente cuando ya llevaba más o menos la mitad del libro me di cuenta de que a todas las biografías les faltaba algo, y creo que les faltaba una manera de relacionarse con el presente. Es decir, se publican muchísimos libros de biografías de mujeres maravillosas. El primero que leí hace años fue Heroínas, de Kate Zambreno. Bueno, hay miles, pero a mí me apetecía dar un pasito más allá y que la vida de estas autoras del pasado pudiera hablar con la de las del presente, y por eso me parecía necesario quizás, sacar mi parte de poeta y en esas cartas poder hablar de temas del presente, del #MeToo, de autoras de hoy, incluso un poco hacer ese juego de cómo sería la vida de las autoras si vivieran en el presente. De hecho, las preguntas que les hago a las cuatro personas a las que entrevisto siempre son “¿cómo crees que sería hoy en día la vida de esta autora?” y creo que de ahí salen las respuestas más interesantes. Quería que las cartas sirvieran para comunicarnos con ellas y que sus historias nos sirvieran hoy a las mujeres que leemos y escribimos. Además, notaba que al ensayo le faltaba una parte más mía, más literaria, más poética, más Luna en ese sentido.

 

M: También hay algo más de las cartas que me llama la atención. He hablado muchas veces con amigos y les he preguntado, “si pudierais hablar con un escritor que ya no está, ¿qué le diríais?” Y yo nunca termino de encontrar la respuesta. Me parece difícil. ¿Cómo te has acercado y has sabido qué decirles a cada una de las autoras en cada carta? 

 

L: Sí, y a parte en algunos casos suponía pedirles disculpas, en otros eran algunas cosas que no tenían nada que ver con ellas. Pero sí, es cierto que siempre se dice que la buena literatura es aquella que comunica cosas y con la que se puede dialogar. Pues… Vamos a dialogar, en este caso. A parte, también, la primera vez que escribí sobre Elena Garro fue cuando trabajaba en Playground. Le escribí una carta quejándome de aquella faja que le puso una editorial, machacándola y llamándola amante, esposa, inspiradora y amiga de… Y fue en ese momento en que me di cuenta de que si yo me disculpaba con ella, ahora que ya no está o que sí que está pero de otro modo… Podría hacer algo de justicia. Entonces me gustó recuperar ese formato. Yo tampoco sabría qué decirle a mis escritores favoritos en general, pero al final les acabas diciendo lo que le dirías a cualquier otra persona, a cualquier amigo, y así es más íntimo. 

 

M: Hablando de disculpas… Cuando te disculpas por no querer leer a escritoras españolas... A mí también me pasó y creo que es algo innato en esta generación. Hemos despreciado la literatura que teníamos, y tenemos El Quijote, lo cual me parece suficientemente importante. Esto está cambiando, y tu libro es una de las herramientas que se pueden usar para recuperar las ganas y el interés en nuestra literatura. Pones el foco, por fin, apuntando hacia nuestra lengua. Lo cambias de dirección porque ha estado demasiado tiempo apuntando hacia otra parte. ¿Por qué ha pasado esto?

 

L: Sí, creo que tiene que ver también, y cada vez me lo planteo más, con quien ha elegido y ha estado recomendando qué hay que leer en España. Si tú te vas a las listas de los más vendidos o de lo mejor del año, siempre, en el top está Javier Marías, Mario Vargas Llosa, Aranburo… Creo que hemos crecido, o por lo menos yo como lectora, en los 90, en un país en el que lo bueno era siempre lo mismo, los mismos hombres que además rechazaban a su propio país pensando que ellos eran los únicos buenos y que valían la pena. Entonces, en ese panorama hipermasculinizado y egoísta y egocéntrico en el que parecía que el escritor español tenía que ser un verdadero macho y lo demás eran tonterías, pues tú aprendes a pensar que en tu país no hay nada, mi tradición no vale nada. Fíjate cómo crecí yo a los 20 años: si leías a Blackie Books eras un modernillo, si leías Torremozas estabas leyendo literatura de menos valor porque era feminista, si leías en otros idiomas eras un snob… Entonces, ¿qué leías? Cuando yo creo que lo importante es leer de todo. Cada uno elige lo que quiere leer, pero lo que más me fascina a mí es descubrir cosas en todos los sitios aunque después sientas más interés por un catálogo que por otro, por un escritor que por otro… Hemos crecido en un país con muchos complejos respecto a su pasado y con una dictadura muy reciente en la que se machacó voces, sobretodo de mujeres. Esta semana se celebra el aniversario de la muerte de Alberti, pero de María Teresa León, su mujer, nunca se habla. Nos marca mucho como lectores cómo los medios de comunicación definen a nuestro país, y se ha definido como un sitio en el que lo nuestro siempre era peor y los buenos siempre eran los mismos. 

 

 

 

M: En cuanto al escritor macho, ya que hemos llegado aquí, es el encargado de marcar el canon literario. Ha apartado a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres. Es cierto que los hombres han escrito obras maestras y que han tratado temas sociales importantísimos, pero es que las mujeres han hecho lo mismo y luchando, además, contra su condición de mujeres y las dificultades que les aportaba. ¿Cómo es posible que se haya desprestigiado de esta manera a personas que han trabajado tanto en este espacio, como en tantos otros, y no se haya puesto el grito en el cielo hasta ahora o simplemente no hayan funcionado los ataques?

 

 

L: Yo creo que sí que nos hemos dado cuenta de esto pero el poder seguía residiendo en ello. De hecho, Rosario Ferré escribió El Coloquio de las Perras original y allí ya hace una crítica sobre ello. Critica a sus compañeros y critica la representación femenina que hace Cortázar, que era además su maestro y su amigo. Hay miles de ejemplos. El Cuarto Propio de Virginia Woolf es sobre eso. El problema no ha sido tanto que no se pusiera en grito en el cielo sino más bien que esos pinchazos a la burbuja del escritor macho no eran suficientes. De hecho, muchas veces se llegaban a tragar esas voces. ¿Cómo leemos ahora a Virginia Woolf? La única, prácticamente. Todas estas autoras… Patricia de Souza trató el tema en un ensayo sobre Elena Garro. Trataban a esas mujeres, que ni siquiera tenían un comportamiento masculino, pero el lector hombre las ha masculinizado a su manera. Vamos a decir que como su obra es muy intelectual y por lo tanto, es poco femenina. Hannah Arendt también, su pensamiento va más allá del feminismo y por lo tanto es universal. Virginia Woolf era editora y tal, como era tan inteligente no era tan femenina. Hasta ahora, las mujeres que han formado parte de ese canon lo han hecho porque además se las ha intentado desfeminizar, y cuando ellas eran conscientes de ello y se intentaban desprender de eso, como hizo Elena Garro, entonces caían en el olvido y, perdón por la palabra, pero incluso en la putrefacción. El caso máximo es el de Eunice Odio, que murió y que se encontró su cuerpo hecho basura semanas más tarde. Esa imagen define qué ha sido ser una escritora feminista durante muchos siglos. 

 

 

 

 

Luna Miguel y Maria Fernández Beltran

 

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