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Economía feminista

La norteamericana Joan Scott escribió que “el género está en todas partes”, y tenía razón. El ámbito económico no se salva de esta verdad. Hay múltiples desigualdades en la economía, que es un pilar imprescindible no solo del capitalismo sino también del patriarcado. Podéis rodar los ojos ante tal afirmación, pero el concepto de Economía Feminista ni me lo acabo de inventar ahora sobre la marcha, ni es para nada nuevo. Pero, ¿qué es exactamente y para qué sirve? 

 

Para hablar de la Economía Feminista tenemos que hablar primero de su origen y de por qué surgió. Como he mencionado ya alguna vez, el feminismo es una lucha que ha ido de la mano del marxismo. Durante la primera parte del siglo XX el marxismo empezó a preocuparse por la poca participación de la mujer en el mercado laboral y sus pocos ingresos, pero por desgracia el problema de las mujeres iba mucho más allá, pasaba por la negación de su herencia y continuaba por la nula valoración de su trabajo. Como en todos los ámbitos del feminismo, los problemas superficiales demostraron que tan solo eran la punta de un iceberg, la casa construida sobre unos cimientos asentados en un terreno que no les correspondía. Se investigaron las causas de tal discriminación y sus efectos y la reacción no tardó en llegar: la búsqueda de una solución a partir de una nueva forma de contemplar la economía.

 

En esto consiste la economía feminista: en dar un nuevo enfoque a la economía que hemos visto hasta ahora. Uno de sus objetivos es conseguir eliminar la brecha salarial, que es la diferencia existente entre el salario medio de las mujeres y el salario medio de los hombres por hacer tareas similares. Hay hombres, por cierto, que para defenderse de la obviedad de la existencia de dicha brecha son capaces de decir que lo que pasa con estas estadísticas es que se comparan todos los salarios a la vez, sin tener en cuenta el tipo de trabajo, y que por eso existe una diferencia tan grande, porque parece ser que los hombres tienden a optar por “trabajos de mayor prestigio”. ¡Como si eso en sí mismo no fuera un problema! Porque a parte de la brecha salarial, nos encontramos con otro problema contra el que lucha la economía feminista: la subvaloración del trabajo de la mujer. 

 

Hay una segregación ocupacional por género que en España está igualmente presente por mucho que intentemos dárnoslas de país moderno y avanzado. Hay ciertos trabajos que están destinados, sobre todo, a las mujeres: trabajos domésticos y relacionados con el cuidado, perpetuando así la idea de que lo que mejor se le da a la mujer es ser la perfecta ama de casa, y además, aceptando así la idea de que el hecho de hacer estos trabajos es, de alguna manera, indigno. El 89% de los cuidadores, 84% de los limpiadores, 89% del trabajo doméstico y el 80% de los oficinistas son mujeres, frente a un aplastante 83% de hombres en el sector de la ingeniería. Por no hablar de que el 25% de las mujeres trabajan a media jornada, mientras que solo hay un 8% de hombres que hagan lo mismo. Y todavía decimos que el problema de las estadísticas de la brecha salarial es que se tienen en cuenta todos los trabajos a la vez, ¡ese, precisamente, es el único problema que se les ocurre! No es el hecho de que las mujeres no contribuyan tanto al PIB del país porque estén destinadas a trabajos peor remunerados que los hombres o que haya puestos a los que la mujer le cuesta mucho más acceder, es decir, la existencia del condenado techo de cristal.

 

Así que la economía feminista lucha en dos flancos de la brecha salarial: aquella que existe entre hombres y mujeres de un mismo trabajo valorado diferente según el género del trabajador y aquella que ha nacido de la desigualdad de oportunidades a la hora de encontrar trabajo. Esta nueva manera de ver la economía es sensible a otro tipo de luchas, de la misma manera que lo es el feminismo, y aunque las bases de esta nueva economía cambian según el país y las necesidades de sus ciudadanos, todos los conceptos coinciden en que se tiene que encontrar una manera más sana de lidiar con la economía.

 

Por suerte, las mujeres estamos alzándonos cada vez con más fuerza contra el sistema patriarcal en el que nos ha tocado vivir. Y hemos tardado, sí, pero como explica Caitlin Moran, ¿qué más podíamos hacer? Cuando te das cuenta de que has vivido en el bando perdedor durante milenios… Eso es solo el primer paso del despertar. Nos corresponden unos años de querer entender por qué nos ha pasado lo que nos ha pasado, de estudiar lo que se considera normal en la sociedad a la que pertenecemos y escoger qué queremos quedarnos y qué nos parece injusto, de luchar contra una confusión más profunda todavía por no saber cómo desprendernos de aquello que creíamos que éramos pero que en realidad no. Nos merecemos un tiempo para lamernos las heridas antes de pasar a la acción, y ya hemos pasado. Ya estamos en ello, ya nos horrorizan los porcentajes, ya los conocemos y somos conscientes de ellos. Se ha acabado el tiempo de reflexión. 

 

Maria F. Beltran

 

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Comentarios: 2
  • #1

    _ (domingo, 18 agosto 2019 16:54)

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  • #2

    Cesar (lunes, 19 agosto 2019 13:34)

    Me gusta tal como esta planteado y sobretodo la serenidad con la que explica algo tan evidente y tan necesario de cambiar como son las desigualdades salariales y el pensar simplemente que segun que trabajos no pueden ser realizados de igual manera por hombres o mujeres. Un saludo

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