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Cosificación de la mujer y culpabilidad

Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que alguna vez os habréis cruzado con el famoso argumento de “si eres feminista, ¿por qué te maquillas? ¿Por qué vas depilada?” o bien os habréis encontrado con el tópico a la inversa, “las feministas van sin depilar”. Normalmente, estas frases son pronunciadas por hombres que no pueden empezar a comprender todo lo que implica vivir en una sociedad patriarcal que contamina todos y cada uno de los aspectos de tu vida, incluso tu propio físico. Un privilegio más brindado por su condición de machos, por la suerte de no haber nacido parte del sexo débil. 

Es cierto que todos nos vemos no solo a través de nuestros ojos, sino que también nos miramos a través de un cristal distorsionado por los cánones de belleza establecidos por la sociedad en la que vivimos, y si pocas veces nos preguntamos “¿es así como quiero que me vean, como quiero vestirme, o solo creo que es lo que me gusta porque es lo que me han enseñado desde siempre?” todavía es más poco común encontrar respuesta a esa pregunta. Los cánones de belleza ahogan más a las mujeres que a los hombres, y no solo psicológicamente (lo cual ya es suficientemente grave), también social, física y económicamente. El maquillaje es, por supuesto, carísimo.

La sociedad en la que vivimos ha convertido a las mujeres en un objeto de deseo, en una entidad pasiva que pretende agradar al observador, y ha establecido ciertas normas: el pelo largo, el maquillaje, la depilación, la aparente fragilidad… A esto se le ha llamado Teoría de la Cosificación de la Mujer. Y existe. Somos consideradas un objeto que pretende ser aceptado, y no como un individuo.

Las mujeres que se ajustan más a la idea de feminidad establecida tienen más posibilidades de casarse, de encontrar trabajo, de recibir favores. Se relaciona el físico de la mujer con su poder, inconscientemente. Lo que Freud definía como “vanidad” en el sexo femenino era, en realidad, pura y simple supervivencia. 

Probablemente salga mucha gente afirmando que el aspecto de una mujer es decisión suya, queriendo tachar este artículo de exagerado. Invito a preguntar a las mujeres de vuestro entorno, o a vosotras mismas, si alguna vez se han sentido cohibidas por no ir suficientemente arregladas. O peor: si alguna vez han sido regañadas por alguien de su propia família por llevar las axilas o las piernas sin depilar, por no tener las uñas arregladas, por no ir bien peinadas. En definitiva, por no cumplir con los deberes propios de una mujer. 

Simone de Beauvoir dijo que la mujer existe dentro de ella misma y fuera a la vez. Lo que se ve de ella y lo que la mujer siente que es realmente. Es una carga demasiado dura. Un estudio vistió a varias mujeres con sweaters y a otras con bañadores, y después las sentó en una sala para hacer un examen de matemáticas. Las mujeres que iban más tapadas y que no eran tan conscientes de su cuerpo y el escrutinio sacaron mejor nota que las que se veían destapadas e indefensas. ¿De verdad es decisión de las mujeres el querer ir siempre perfectas?

Nos obligan a gastar dinero en maquillaje, en productos para el cuerpo, el pelo, ropa bonita (por muy incómoda que sea). El tipo de feminidad impuesto por la sociedad es un intento de belleza que nos castiga y que aceptamos. 

Es muy difícil separarnos de algo que tenemos tan interiorizado y es muy peligroso culpar a una mujer por elegir abrazar su feminidad, o lo que ella entiende por feminidad. Es cierto que se nos ha tratado durante demasiado tiempo como un mero objeto, pero ¿qué culpa tienen las mujeres de gustarse más maquilladas, depiladas o con un tipo de ropa determinada? Al final del día, el feminismo habla de libertad, de empoderamiento. Nos intenta explicar que nuestro cuerpo nos pertenece a nosotras y que somos las únicas que podemos escoger qué hacer con él. Estoy cansada de leer, sobretodo, novelas de fantasía en las que la chica reniega de su feminidad y de sus atuendos femeninos para aparentar ser más libre o más fuerte. Dejemos de entender las normas de género como una herramienta para medir lo feminista que puede ser una mujer, dejemos que cada una escoja su camino, su uniforme de lucha. Entendamos que puedes haber decidido, al final, que te sientes más cómoda aparentando ser lo que se supone que tiene que ser una mujer siempre y cuando seas consciente de que hay más opciones, de que eso no tiene que doler, de que no debe afectar a tu salud mental. 

Además, no se me ocurre nada más difícil que desaprender algo que se nos ha estado enseñando durante siglos, interiorizado en nuestra memoria colectiva e individual, aprender a separarlo de quienes somos. Este es un ejercicio difícil ya de por sí, seas del género que seas: somos quienes somos por la sociedad en la que vivimos. Para las mujeres, además, tener la valentía de renunciar a esta identidad social impuesta e injusta, es una tarea titánica, y por supuesto, no es obligatoria.

Depílate o no, mujer. Maquíllate si quieres y no lo hagas si no te apetece. Vístete como te apetezca. Por desgracia, te van a culpar escojas la opción que escojas. Sé consciente de que eres la única dueña de tu cuerpo, no lo castigues, no lo culpes, no lo veas como una cárcel ni como un objeto a vender. Es tu cuarto propio. Mímalo, y por encima de todo: sé muy libre. 

 

Maria Fernández Beltran 

 

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