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Té y consentimiento

Las cuatro de la madrugada es un poco tarde para tomar un té, pero vivimos en la ciudad de todo se puede. Por eso Ana acompaña sin pensarlo mucho a Samuel a su casa. Es verano desde hace semanas, pero por alguna razón él parece tener frío, o esa es a la conclusión a la que llega Ana, porque solo quiere llegar a casa cuanto antes. Ella mientras tanto quisiera disfrutar del camino. Hay calles que todavía no había visto, y a esta hora todo es más tranquilo. Además, pronto va a amanecer, y se pregunta por el color de la piedra bañada por los primeros rayos del sol. Sin embargo, Samuel es todo prisas. 

 

Apenas lo conoce, pero su sonrisa y la delicadeza de su voz transmiten confianza. Sus manos y sus labios hasta ahora la habían besado lento, pero ahora parece que a Samuel se le acaba el tiempo. 

 

Para cuando por fin llegan a casa es Ana la que se siente fría, pero decide no decir nada. A Samuel se le pasa preguntar si el té con o sin azúcar, con o sin leche, pero de igual modo lo prepara.  

 

Ana recuerda que nunca había tomado té alguno, así que no se da cuenta de que faltan esas preguntas. Quizá Samuel debería preguntarle a Ana si realmente quiere beber un té con él. Preguntar es importante, pero él solo siente prisa por calentar la leche.  

El olor a es demasiado pronto comienza a incomodarla. Quizá es el momento de decir basta, pero Ana no quiere ser maleducada. Él ya no sonríe, su voz ha dado paso a los gruñidos, y sus manos y sus labios son como lija por su espalda. 

 

No estoy segura. 

No pasa nada. 

 

Samuel sigue preparando el té, y para cuando está listo, ella ya no sabe cómo ha podido dejarse llevar hasta aquí. Quiere gritar basta, pero Samuel decide poner la música alta sin importarle los vecinos. Ana le repite que no está segura una y mil veces, pero él no parece escuchar nada. Sh, no pasa nada.  

 

Para entonces la ropa está demasiado lejos, la puerta cerrada con llave, y Ana rodeada por el cuerpo de un extraño que le acerca una taza de té hirviendo. Sin azúcar. 

 

Basta, basta, basta. Samuel le abre la garganta y derrama todo cuanto puede sin importarle manchar las sábanas.  

 

Quema, dice Ana. Imaginad qué responde él: tranquila, no pasa nada. Pero Ana sangra, y he ahí la prueba de que a veces el silencio también es un no. De que quema y duele también es un no.  

 

Ana se pregunta qué es lo que ha hecho mal para que Samuel decida no escucharla, para que Samuel decida no tratarla como lo había hecho en la calle, para que Samuel decidiera forzarla a tomar su primera taza de té.  

 

Cuando por fin el lobo parece haberse ahogado en su veneno, Ana se viste rápido y sale corriendo de allí. Si no lo cuento, no ha pasado. Si no lo vuelvo a ver, no ha pasado. 

 

Si fuera un buen hombre, no habría pasado. 

 

Ana recorre las calles con prisa esta vez, y se pregunta por qué la ciudad en la que todo era posible ha acabado arruinándole la vida en una sola noche.

 

 

Lucía Aranda Mendoza 

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