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Feminismo y otras luchas

Llevo meses quejándome acerca de la manía que ha adquirido cierta parte de la sociedad de exigirle al feminismo que participe en luchas que no le pertenecen, como si el feminismo hubiera aparecido para salvar a la humanidad de ella misma y de todos sus defectos. Es cierto, aún así, que el feminismo extiende la mano y camina al lado de otras luchas sociales con las cuales comparte valores. De todos modos, la relación que establece el feminismo con estas otras luchas es de compañerismo, y no pretende en ningún momento ejercer de motor de ninguna de ellas, solo de punto de apoyo.

El feminismo es arrastrado más veces de las necesarias dentro de la lucha de clases. Más de una vez me he cruzado con viñetas cómicas que tratan de ridiculizar la lucha feminista en boca de mujeres jóvenes de clase media en el mundo occidental, enfrentando las reivindicaciones que pueda exigir esta mujer contra las reivindicaciones expuestas por un hombre de mediana edad explotado en su puesto de trabajo. ¿De qué te vas a quejar tú, niña mimada, si no sabes lo que es trabajar? No importa la condición económica y social a la que pertenezcamos cuando pedimos respeto, porque mientras la lucha de los trabajadores es igualmente importante y necesaria, la realidad es que son dos tipos de violencias sistemáticas distintas e igualmente válidas.

Siguiendo con el tema de la lucha de clases, Caitlin Moran expone su argumento de una manera excelente al quejarse de que mucha gente tiende a señalar a las mujeres que emplean a trabajadoras del hogar de malas feministas. ¿Qué culpa tiene una mujer de que la oferta de trabajo sea mayoritariamente femenina? ¿Por qué no se culpa a un hombre por contratar a otro hombre por debajo de él? Repito, la lucha de clases no es el fin del feminismo. El feminismo y el marxismo no son el mismo movimiento, por mucho que vayan de la mano.

El feminismo también marcha junto a la lucha por los derechos LGTB, y en especial respalda a las mujeres LTB, que sufren, otra vez, doble discriminación por pertenecer al colectivo y a la vez por ser mujeres. Según el diario Público, un 74% de mujeres lesbianas y bisexuales prefieren no “salir del armario” en sus puestos de trabajo porque les dan miedo las represalias, y un 64% han sido discriminadas por ello. Y las mujeres trans tienen también un alto número de dificultades a la hora de encontrar trabajo. Es decir, las mujeres del colectivo se enfrentan a un doble techo de cristal. Por no hablar de la falta de referentes culturales, pues no solo se discrimina a las mujeres LTB, también se las invisibiliza.

Las mujeres racializadas también sufren esta doble discriminación. Por desgracia, vivimos una época muy alarmante marcada por el miedo a lo desconocido, por el racismo. Si ya miramos por encima del hombro a todo aquel que se nos antoja diferente a nosotros, el trato empeora si la persona con la que se está tratando es una mujer. A pesar de que es cierto que el feminismo blanco se ha levantado y le ha dado la espalda a parte de sus compañeras de lucha, quiero creer que gran parte de la sociedad (se llamen a ellas mismas feministas o no) siguen horrorizándose ante las muestras de racismo, de discriminación.

Como curiosidad, además, añadiré que a simple vista, además, parece que la lucha por los derechos de los animales y la feminista no tiene nada que ver. Primero, que hay un 80% de mujeres vegetarianas y veganas en frente de un 20% de hombres, aproximadamente. Y segundo, que los primeros restaurantes vegetarianos sirvieron como puntos de reunión para las sufragistas. Mary Wolstonecraft Shelley, la escritora de Frankenstein, creía firmemente que la dieta vegana era el primer paso para eliminar la violencia del mundo. Empezaría por su mesa hasta llevar la paz por todo el mundo. Hoy en día, las mujeres lideran la lucha animalista.

El otro día estuve presente en un evento en el que una chica proclamó que le llegaba mucho más la voz de una mujer a la hora de recitar que la de un hombre. En especial, cuando el poema era una protesta. Porque ¿qué voz va a entender mejor la lucha que la voz de alguien que ha tenido siempre que vivir en la sombra? Escuchamos el lamento de millones de hermanas antes que nosotras que tuvieron que luchar el doble para alcanzar sus objetivos, que han tenido que aguantar que la persona anónima hacia la cual se dirigían los libros fuera siempre un hombre, que han vivido pidiendo siempre perdón y permiso. No es de extrañar que el feminismo se alce para luchar contra la discriminación, no es difícil de entender que las mujeres se enerven ante las injusticias.

Pero que esto no os confunda. La responsabilidad social recae sobre mujeres y hombres por igual. El feminismo no es un escudo tras el que atrincherarse. No quiero volver a escuchar un “¿dónde estaban las feministas cuando…?”

Como dijo Chimamanda Ngozi Adichie, todos deberíamos ser feministas. Pero a partir de aquí, que cada uno escoja sus batallas, que luche por sus ideales, y veamos el feminismo tal y como es: un movimiento que va a hacernos mejores.

 

Maria Fernández Beltran

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