· 

A por el escritor macho

No es un secreto que las mujeres por fin hemos entrado por la puerta grande de la literatura, y poco a poco estamos consiguiendo entrar en los cánones literarios que hasta ahora habían estado reservados para el escritor macho. Hay una constelación de escritoras que viene pisando fuerte, nacidas en su mayoría en la década de los 90, por lo cual podemos estar seguras de que las generaciones que vienen después de nosotras no van a encontrarse con un vacío inexplicable al buscar en sus librerías nombres femeninos. Parece ser que no va a ser necesario una búsqueda exhaustiva de aquellas que fueron silenciadas a lo largo de la historia, porque por fin estamos en proceso de reescribirla. Hemos salido de detrás del silencio y se ha quedado muy pequeñito a nuestra sombra. Aún así, no puedo quedarme contenta con eso. No me basta con que a partir de ahora, las cosas cambien. Y ojo, porque estoy siendo muy positiva con las afirmaciones anteriores (la realidad es que, evidentemente, hemos entrado con fuerza. Pero, ¿qué remedio nos quedaba? Con los obstáculos que el escritor macho nos pone, o entras con fuerza o no entras.) La cosa es que no podemos quedarnos con el “de ahora en adelante”. Hay que volver atrás. Hay que desenterrar lo que no debió de haber sido dado por muerto desde un principio.

 

Un profesor universitario tuvo la indecencia de decir, en plena clase, que si no se enseñaban a escritoras americanas en su asignatura era porque, simplemente, no las había. Exceptuando a Emily Dickinson. Según este profesor, las mujeres americanas de la época de Dickinson, Hawthorne, Thoreau y compañía, solo escribían novelas para mujeres que podían permitirse leer los libros y que estaban en casa aburridas, por lo cual la temática de dichas narrativas siempre era la misma: una joven de origen humilde con muchas aspiraciones en la vida que se enamoraba de un hombre por quien, finalmente, abandonaría todos sus sueños para poder estar a su lado y ser una buena esposa. Esta afirmación, teniendo en cuenta que la primera (y quizás única) mujer que te viene a la cabeza al pensar en una escritora del siglo XIX es Emily Dickinson, puede parecer cierta e incluso lógica. Y esto me parece muy peligroso.

 

Ya que he empezado haciendo alusión a la época de los trascendentalistas y sus contemporáneos, voy a mantenerme en el siglo XIX y en los Estados Unidos para desmontar la idea equivocada de que la mujer no está presente en el cánon literario porque no se lo merece.

 

Para empezar, y robándole el concepto a Virginia Woolf, las mujeres que escribimos hemos tenido que luchar durante siglos contra el llamado “ángel del hogar”. Una versión de nosotras mismas moldeada por el patriarcado hasta convertirse en una compañera sumisa destinada a complacer en todo lo posible a la sociedad en la que vive. Los Estados Unidos del siglo XIX parecían ser el paradigma de la libertad, pues las mujeres eran alentadas a escribir, a participar en la literatura del momento. Eso sí, siempre siendo guiadas por este dichoso ángel que no les permitía escribir nada que pudiera ser ofensivo para los machos que pudieran leer sus escritos. Este ángel fue el principal enemigo de la mujer escritora durante demasiado tiempo, pues para luchar contra el enemigo del Silencio, primero tenías que derrotar a éste.

 

No es cierto que todas las mujeres perdieran contra el ángel descrito por Virginia. Ni mucho menos. No solo Emily Dickinson le dio una patada (aunque le dedico todos mis respetos). Hubo otras. Estuvo, por ejemplo, Kate Chopin.

 

Kate Chopin tuvo el coraje de atentar contra la idea que tenían sus contemporáneos sobre la maternidad y el papel del matrimonio, en un libro llamado “El despertar”. Por primera vez, alguien arremetía contra los valores de la feminidad que habían sido establecidos y hablaba abiertamente sobre la sexualidad femenina. En un país nuevo que se las daba de liberal, lo que hizo Chopin era algo impensable. Además, Edna, la protagonista, se muestra como un personaje dinámico y complejo, cosa que no era común en los personajes femeninos de la época. Estas características, a mi parecer, son razones más que suficientes para colocar “El Despertar” dentro del cánon establecido por la universidad.

 

A parte de Kate Chopin, Charlotte Perkins Gilman también defendió la autonomía de la mujer en su libro “El papel pintado amarillo”. Y lo hizo formándose ella sola desde el seno de una familia humilde. La obra de Perkins tiene tanto mérito como la obra de sus contemporáneos hombres. Trata la salud mental por falta de libertad. Puede que Thoreau y Emerson fueran grandes filósofos y que arremetieran contra el régimen. No es posible dudar sobre esto. Pero sus colegas mujeres lucharon con la misma intensidad que ellos, y además, abarcan la parte de población que ellos no llegaban a defender.

 

Aunque haya, evidentemente, más mujeres, voy a terminar esta argumentación con Harriet Beecher Stowe y su increíble libro “La cabaña del tío Tom”, una increíble novela acerca de la esclavitud y los horrores de ésta, cuestionaba los principios del cristianismo y se posiciona, claramente, de parte de la abolición del esclavismo.Al igual que las dos mujeres mencionadas con anterioridad, Stowe destaca el papel de la mujer a la hora de resolver conflictos y ayudar a los seres queridos cueste lo que cueste. Es decir,que los trabajos de las escritoras iban un paso más allá de los otros libros de sus compañeros: podían denunciar la situación del ser humano de sus épocas, haciendo hincapié en una parte de la especie que todavía estaba más desprotegida (y por desgracia, sigue estando): las mujeres. De hecho, esta maravilla escrita por Stowe fue el segundo libro más vendido después de la Biblia en los Estados Unidos del siglo XIX. Fue tal el impacto que es uno de los símbolos de la Guerra de Secesión, y el presidente Lincoln, al conocerla, dijo esta mítica frase: de manera que es usted la pequeña mujer que escribió el libro que provocó esta gran guerra.

 

Creo que no son necesarios más ejemplos para dejar clara mi posición. Lo estamos haciendo bien, compañeras. Estamos donde deberíamos estar, estamos dejando claro que estamos aquí y eso está bien. Pero tenemos que ir más allá. Estamos aquí pero siempre lo hemos estado, por mucho que no se nos diera el reconocimiento que merecíamos, porque la lucha de las mujeres era menos importante que cualquier lucha que los hombres blancos tuvieran entre manos. ¿Por qué no fueron importantes Stowe, o Chopin o Perkins? Si los problemas que denunciaban eran igual de graves que los señalados por sus colegas machos.

 

Hemos matado al Ángel del Hogar para escribir lo que queríamos. Ahora toca acabar con el Escritor Macho que nos ha apartado de las posiciones que nos corresponden. Revisad vuestras estanterías, por favor. Y esto no se reduce a la literatura americana del siglo XIX. Estamos ahí, de verdad. Solo tenemos que buscarnos un poco (y ni siquiera necesitas mucho rato para desenterrarnos). Compremos clásicos escritos con mujeres, reescribamos los cánones. Que aquellas que vengan detrás de nosotras tengan al alcance de la mano referentes femeninas sin tener que dedicar esfuerzos a buscar, a pensar el por qué de este silenciamiento. Que ninguna otra mujer crea que si no estamos presentes en la historia es simplemente porque no hemos hecho suficiente. Ya está bien. Matemos al escritor macho, recuperemos lo que nos pertenece.

 

Bienvenidas a la reconquista.

Escribir comentario

Comentarios: 0

Contacta'ns

Atención: Los campos marcados con * son obligatorios.

Si vols estar al dia de les nostres novetats...

Difón el missatge!